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29 de abril de 2010

Primaveral

Será la edad, pero nunca había estado tan consciente de lo bien que le va la primavera a la Ciudad de México. Este año he visto más jacarandas y buganvilias en flor que de costumbre. Y frecuento las mismas rutas y calles desde hace varios ayeres.

Desde luego, ya aguardaba el efímero espectáculo anual en la coyoacanense esquina de Zaragoza y Dulce Olivia: una jacaranda y una buganvilia entrelazadas en lo alto, a toda flor, derrochando sus coloridos follajes colgantes que le alegran la jornada a aquél que tenga la sana costumbre de mirar p’arriba de vez en cuando. Pero más allá de esta ansiada maravilla, este año, la primavera se me revela en cualquier esquina chilanga… y no estoy enamorada.

Una mañana de abril, descubro que Minerva, esa calle bautizada como la diosa de la sabiduría, está flanqueada por frondosos árboles de hojas verde intenso y en el camellón se levantan impresionantes jacarandas que, iluminadas por el sol y con pedazos de cielo turquesa de fondo, lucen tan lilas como puede ser posible.

Al día siguiente, al utilizar el mismo camino, caigo en cuenta que hay tantos árboles y de copas tan abundantes, que los rayos de luz nomás no llegan a tierra firme. El contraste me recuerda a Magritte y El imperio de las luces. De principio a fin, Minerva es un camino plagado de verdor y flores, cubierto por un delicado techo de ramas, hojas, muchas hojas, y más flores.

En otras zonas, como la Nueva Santa María, la colonia Del Valle o San Pedro de los Pinos, predominan las buganvilias. Admiro la infinita gama de rosas y violetas de sus pétalos. Mientras espero el siga de un semáforo, en un camellón cualquiera, utilizando sólo mis ojos como herramienta, registro hasta seis colores diferentes de buganvilias. La sorpresa aumenta al encontrarse con ellas en número y espacio variados: unas cuantas en un pequeño jardín o en un parque descuidado, algunas traviesas encima de una modesta barda o atravesando una malla, otras más enredadas con una enorme jacaranda, o un montonal coronando la puerta de una casa de fachada blanca.

Ya entrada en disfrutar la primavera, en algunos tramos de avenidas y callejuelas, mirando con cuidado, alcanzo a distinguir, intercalados, unos tímidos colorines, con sus singulares flores rojas que sólo estarán ahí por unos cuantos días más, hasta que lleguen a manos de algún niño que terminará probando su sabor a escondidas de su mamá.

Tendré que esperar un año entero para saber si sólo soy más vieja y más observadora o estoy tan perdidamente enamorada de Chilangolandia, que, pese a todo, ya hasta bonita la veo.

Bárbara C.

PS. Para saber más sobre la ortografía de buganvilia, cuestión que desde hace tiempo me inquieta, sugiero revisar tres diccionarios: el María Moliner (quien consigna buganvilla, por lo que me es difícil coincidir con ella en esta ocasión); el de la Real Academia Española (al que me apegué, por ser de carácter normativo); y el CLAVE, que reconoce la grafía que nos parece más familiar a los hablantes americanos.

23 de abril de 2010

La iluminación en la Ciudad de México

Después de dos semanas de receso, el 16 de abril volvimos a encender nuestros Viernes de Conocimiento Útil con la participación de Lillian Briseño, apasionada historiadora que nos llevó de viaje a la Ciudad de México en 1881, para presenciar el inicio de un proceso fascinante: la iluminación en la capital del país.

Fue en San Cosme donde, en pleno ascenso del porfiriato, se hicieron los primeros experimentos con lámparas de arco que fueron colocadas en la vía pública, ante los ojos atónitos de la población que presenció el acontecimiento. La novedad provocó reacciones múltiples, algunas de temor y llamados a la prudencia, pero, la luz eléctrica llegó para quedarse: de la calle, entró a las casas de algunos privilegiados y se utilizaba también en algunos negocios y comercios. A partir de ese momento, los cambios se sucedieron sin parar. Cambios en diversos ámbitos de la vida cotidiana que desde luego repercutieron en la manera de entender ciertos temas y en la economía, la política y la vida social en general. La energía eléctrica afectó casi todas las esferas de la vida pública y privada.

Así, nos contó Lillian, se fue gestando una cultura de la luz que derivó, por ejemplo, en la invención de la vida nocturna, el replanteamiento de la moda, la creación de nuevos oficios y trabajos, transformaciones en el diseño arquitectónico e incluso en ampliar el proceso de secularización de la sociedad mexicana, y en un sinfín de concepciones, hábitos y comportamientos asociados.

Una evidencia más: las velas y los cerillos, a la par de las industrias que los producían, pasaron a segundo término ante el advenimiento de los focos, pero nos legaron palabras, expresiones, creencias y costumbres que sobreviven hasta nuestros días, aunque otras quedaron totalmente en desuso.

Junto con la introducción del ferrocarril, la electrificación de la Ciudad de México constituyó uno de los iconos del porfiriato para representar la modernidad que se había instalado en México, pese a las marcadas desigualdades y las dificultades de la mayoría para acceder a ella.

El conocimiento sobre la variedad y profundidad de las implicaciones del arribo de la luz eléctrica a la capital mexicana, producto de una amplísima investigación que Lillian Briseño inició hace varios años, recurriendo a fuentes varias, como crónicas, fotografías y literatura de la época, se plasma en su libro “Candil de la calle, oscuridad de su casa. La iluminación en la Ciudad de México durante el porfiriato”, de fluida y emocionante lectura.

Hablando de tecnologías que transforman la vida cotidiana, en esta sesión inauguramos la presencia vía remota en los Viernes de Conocimiento Útil, con la participación de nuestra querida Iris, también apasionada historiadora, que nos acompañó desde su estudio en la vieja Albión.

Bárbara C.

12 de julio de 2009

¿Quién se ha llevado nuestro interfón? Parte II

Pues sí, decías bien: craso error directo a tu anecdotario. Veamos cómo se desarrollaron los acontecimientos después de tu ingenuo pronóstico.

El diligente técnico en telecomunicaciones te habla ya entrada la noche para decirte que se le había ido la tarde en conseguir el nuevo aparato y que, para no causarles molestias, llegaría al día siguiente a las 10 de la mañana en punto. Fiel a su palabra, a la 1 de la tarde se apersona el experto con bártulos en mano en las instalaciones vulneradas, y tras explorar la pared hace su impecable diagnóstico: lo arrancaron… pero le dejaron los cables. Pones cara de víctima resignada, en representación de tus colegas, y lo invitas a que proceda a arreglar el desbarajuste.

Después de un sesudo análisis, el técnico te propone colocar una rejita metálica para proteger el nuevo interfón. Aunque la rejita es antiestética, has visto peores cosas. Haces consultas rápidas con tu querida colega con la que compartes esas decisiones y se inclinan por aceptar la indecorosa propuesta de encarcelar el aparato para evitar una futura desaparición. Te sientes muy ruda, tomando medidas drásticas para prevenir el delito. Afear el entorno urbano de Coyoacán es un daño colateral, pero el interfón estará a salvo. En ese preciso momento, de seguro se empezaron a oír unas carcajadas anónimas, pero estabas muy ocupada y no prestaste atención.

Veinte minutos fueron suficientes al técnico para restaurar el orden; veinte minutos que costaron $1,500, eso sí, con todo y factura prometida, aunque a la fecha todavía no te la entrega. Feliz, revisas el trabajo con cara de experta, le pagas y te despides de él, esperando verlo pronto para que te entregue la factura… y asunto concluido.

La vida te permite a ti y a tus colegas disfrutar tres días de paz social… ni un día más. El miércoles siguiente al hurto, te volvía a suceder: llegas un día cualquiera a tu oficina y ¡sorpresa!: ese insulso aparatejo ha desaparecido de nuevo. Te das cuenta que dejaron la rejita de recuerdo, maltrecha, para que veas que ellos, los ladrones, son unos profesionales y están preparados para las eventualidades de su oficio. Sesionas con tus colegas sobre el tema, que junto contigo experimentan un moderado desconcierto ante la afrenta. Dadas las circunstancias, ofreces buscar otra vez al creativo técnico en telecomunicaciones para explorar soluciones de-fi-ni-ti-vas al problema.
Cuando le cuentas lo ocurrido, el técnico reacciona indignado: “nooooo, pues eso ya es dolo, oiga. Así no se puede”. Sácatelas, eso del dolo te hace recordar los libros de Derecho Penal de Jiménez de Asúa y Castellanos Tena. ¿Este señor habrá tomado clases con alguno de ellos? Empática, para serenar su desconcierto extremo, coincides con él sobre el dolo, pero aclaras, de manera sutil, que no tienes idea quién está ejerciéndolo, y que sólo estás recurriendo a él por una solución técnica.

En paralelo, eres testigo de un eficaz operativo unipersonal a cargo de una de tus proactivas colegas, que toma su flamante cámara fotográfica para documentar lo que parece ser un fenómeno que impera en varias cuadras a la redonda. Además, se da a la tarea de registrar gráficamente las diferentes soluciones técnicas que han encontrado los vecinos para evitar convertirse en clientes asiduos de los amantes de lo ajeno en su intención por llevarse gratis un interfón a su casa. Tu colega, a la que ahora llamas Michael Moore, concluye que es un extendido problema en la zona, causado por una banda especializada, y que ustedes eran misteriosamente afortunados pues no les había tocado que les volaran su interfón en tantos años de residencia coyoacanense. Paradójicamente, la evidencia te tranquiliza y compartes tu reflexión, que es bien recibida a tu alrededor: “no somos blanco de ningún ataque dirigido ni objeto de conspiración o intimidación alguna (fiuf)”. Eso sí, piensan que aquellos que ponen estampitas anunciando servicios de reparación de interfones, justo encima de los aparatos disponibles, quizá estén detrás de las felonías recurrentes contra los interfones.

Debes decir que esta entrada es ilustrada por algunas de las fotografías tomadas por tu solidaria y aguerrida colega, con alma de periodista, a quien das total crédito por la investigación realizada para tener elementos suficientes y decidir el curso de acción.

Ahora, la mentada solución técnica para contrarrestar futuros actos de rapiña contra el interfón, consensuada con el experto y autorizada por el alto mando, es de tal complejidad que involucra a cuatro personajes externos, que, para estos propósitos, has decidido denominar como: la arquitecta, el herrero, el albañil y el técnico en telecomunicaciones; eso sin contar a los responsables internos que deben contactarlos y coordinarlos a todos… y perseguirlos, claro está.

Por diplomacia, en este espacio decides omitir los detalles de la encarnizada negociación que sostienes con el técnico para que no les vuelva a cobrar lo que ya hizo y no sirvió de nada y sólo les cobre el interfón que tendrá que reponerse. Lo omites, sobre todo, porque el propio técnico después desconoció el acuerdo y aplicó el consabido: tal vez no me expliqué bien y usted me malentendió.

Continuará… (oh, sí)

Bárbara C.

19 de junio de 2009

¿Quién se ha llevado nuestro interfón? Parte I

Llegas un jueves a tu oficina y te encuentras con la novedad de que el interfón, ese insulso aparatejo que permite comunicarse a quienes están afuera con quienes están adentro, ha desaparecido del lugar que ocupaba en la puerta principal de tu entrañable centro de trabajo.

Tratas de entender qué sucedió. Intuyes, perspicaz como eres, que se lo han robado, pero decides entrar al recinto y hacer algunas investigaciones antes de aventurar conclusiones. Adentro, ya hay un grupo de reflexión espontáneamente formado descifrando el misterio. Te unes y terminan por determinar que en efecto se trató de un robo, desaseado, sin duda, pues ni siquiera se llevaron la base que soporta el interfón.

Por salud mental y ante la imposibilidad de averiguar más, tú y tus experimentados colegas optan, en primera instancia, por la hipótesis de la delincuencia común, pero no descartan el compló, el ataque quirúrgicamente dirigido: desde la idea de un mensajero iracundo porque no se le abrió la puerta a las 7:30 am, hasta la premeditada intimidación a cargo de algún loco, pasando por la agresión de los acomedidos señores que desazolvan las coladeras de la cuadra, pidiendo una propina a cambio, entre otras. Pero, repito, optan por la hipótesis de la delincuencia común e incluso del simple vandalismo.

Actúan en consecuencia y proceden de inmediato a resolver el problema que significará dejar de contar con interfón en una oficina en donde el timbre suena durante toda la mañana y sólo calma su intensidad hacia las 5 de la tarde. Se coordinan velozmente para enfrentar el asunto. Acuerdan que tú hablaras con el técnico que ha arreglado en ocasiones anteriores el interfón y similares, y tratarás de que instale un aparato nuevo cuanto antes para volver a la normalidad.

Catalogas la llamada con el servicial proveedor como de aproximación y tanteo, para que, pese a la situación adversa, no te encajen el colmillo con una cotización leonina. Entonces, haces como que te urge, pero no te urge tanto… para que no se vaya de abuso el maistro. Agarra la onda el sir y ofrece acudir a la oficina el mismo día por la tarde, con adminículo en mano, para proceder a su instalación. Calcula el chiste en $1,500 por el trabajo completo. Haces como que estás negociando la paz en Medio Oriente, pero, dadas las circunstancias, terminas accediendo. “¡Oh, esto puede resolverse pronto!”, pensaste con cierta confianza. Veremos más adelante que cometiste un craso error al subestimar las implicaciones de la cuestión.

Continuará…

Bárbara C.